Leila Guerriero sin periodismo: una entrevista para fans

Leila_Guerriero_por Lucia_Merle_Archivo_Clarin

Leila Guerriero. Foto de Lucía Merle/Archivo Clarín

A principios de este año, al pasar por Medellín, Colombia, Leila Guerreiro casi llenó un auditorio para cuatrocientas personas. La cronista argentina, autora de Frutos Extraños y Los suicidas del fin del mundo, venía preparada para que un auditorio tal vez modesto, en un nuevo Día del Periodista, la escuchara decir que “el periodismo es la inspiración transpirada”. Pero ese 9 de febrero, al aparecer por el costado izquierdo de la tarima, discurso en mano, se encontró con un foro abarrotado de aplausos en el que no faltaron los chiflidos y gritos eufóricos propios de cualquier concierto de rock.

Lo que no tiene nada de raro. Sobre todo cuando se trata de una autora que ha logrado el milagro de construir personajes memorables, revelar mundos, descubrir momentos íntimos, emocionar. Página tras página. Y sin ficción. El milagro de hacer del periodismo buena literatura. Eso, sumado a que para quien no la haya visto antes puede ser difícil saber si se trata de una cantante de algo con flamenco y distorsión, de una actriz incógnita y fiera, o simplemente de una mujer con carácter y gusto refinado. No de una periodista, que es lo que  realmente es.

Una que además ha dicho muchas cosas sobre el oficio. Cosas como “No permitan que la miseria del mundo les llene el corazón de ñoñería y de piedad”. O “el cuerpo poderoso de la crónica. Eso que debe tener la forma de la música, la lógica de un teorema, y la eficacia letal de un cuchillazo en la ingle”. Que “el periodismo cultural no existe”. O que se ha preguntado  “si en tiempos en que los medios piden cada vez más rápido y cada vez más corto, el periodismo que exige ir para ver, que pide tiempo y espacio para contar, que se asume como una forma del arte, tiene sentido”, como lo hizo cuando recibió el Premio Nuevo Periodismo CEMEX+FNPI en la categoría texto. O “¿qué es lo que pasa, si es que algo pasa, con la crónica en Latinoamérica?”, como escribió hace poco en El País de España.

Si eso que pasa se tratara de un boom, a los nombres de Martín Caparrós, Juan Villoro, Alma Guillermoprieto, Alberto Salcedo Ramos y Julio Villanueva Chang habría que sumar el suyo. Eso, si queremos reunir en un puñado a los mejores.

Hoy, a pocos días del taller de periodismo que dictará en México con la FNPI y Conaculta, la Red Iberoamericana de Periodismo Cultural presenta otra entrevista con Leila Guerriero, esta vez sin periodismo. Porque esta era una entrevista para fans.

¿Vos sos de Junín, ¿cierto?

Sí, de Junín, una ciudad que queda a 250 kilómetros de Buenos Aires.

¿Y te gusta recordar tu infancia allá, es un tema recurrente para vos?

No, para nada. Sí me gusta ir a Junín porque me conecta conmigo. En estos días justamente hablaba con Diego, mi pareja, que qué curioso: el campo para mí era como el paisaje más melancólico del mundo en una época y ahora me apasiona y puedo pasar días enteros recorriendo caminos de tierra, llena de polvo hasta las muelas. Pero no soy una persona de atarse. Tengo una buena memoria, pero no soy una persona evocativa ni melancólica.

¿Qué clase de niña fuiste? ¿Esquiva, juguetona?

Siempre he sido muy arisca. Leía mucho, pero también tenía muchos amigos. Las infancias en los pueblos eran muy en la calle, entonces pasaba mucho tiempo jugando a los cowboys, juegos más masculinos: no al fútbol, nunca me gustó, pero sí a los cowboys, a los indios y hacíamos carpas. Era muy físico todo. No tenía mucho esa cosa de las muñecas, pero me gustaba disfrazarme con los camisones de mis abuelas, que siempre permitieron que les zapateara en la cabeza sin ningún problema.

¿Quién te enseñó a leer? ¿Cómo empezaste?

Siempre leí desde muy chica. En casa se leía mucho, sobre todo literatura argentina y latinoamericana. Mi papá era un tipo muy lanzado, muy arriesgado para leer: era un tipo que iba a una librería, leía una contratapa que le interesaba, nunca había escuchado hablar del autor y de pronto terminaba siendo un libro de Haroldo Conti, un autor que ahora, tantísimos años después lee todo el mundo, pero que en aquel momento no lo leía ni su madre. Sin duda fue él quien que me despertó el gusto por la lectura. Y tenía una capacidad para contarte cuentos oralmente, fabulosa.

Mi abuelo materno, Elías, también tenía mucha capacidad para contar historias, pero él sí inventaba los cuentos, o nunca lo supe: era sirio y quizás eran leyendas que circulaban allá, historias de animales, califas, elefantes…

En la casa de mi abuela paterna había un lugar, al lado de la empresa familiar, que se llamaba “el archivo”. Había sido un archivo laboral en algún momento pero ahora era un archivo de revistas, y era como una muestra geológica de todas las capas tectónicas que habían formado mi familia. Allá encontrabas las historietas de la infancia y adolescencia de mi tío y de mi papá, las revistas de humor político que compraban mis bisabuelos, las fotonovelas que compraba mi abuela o las revistas de moda de mi mamá. Las revistas para mí fueron una gran puerta de entrada a la lectura, aparte porque ahí estaba toda la herencia de la época de oro de la historieta en Argentina, que fue realmente deslumbrante y en la que se hacían grandes adaptaciones de clásicos y novelas. Y de pronto llegabas a leer El último de los mohicanos, Las minas del rey Salomón, todo de la mano de los grandes guionistas y dibujantes que se habían tomado el laburo de adaptar todo eso a historieta.

¿Y luego tuviste algo así como autores de culto, o que no podías soltar en tu niñez y adolescencia?

Bradbury fue una fascinación muy temparana. Creo que Fahrenheit 451 fue uno de los primeros que leí. Me daba un miedo, porque describe un futuro sin libros, una persecución sicótica de lectores. Y había otro libro precioso, que se llama El vino del estío. Me gustó mucho también, y estoy hablando de muy chica, toda la saga de Tom Sawyer de Mark Twain. Y todavía conservo la colección completa de una historieta dibujada por Harold Foster, que se llamaba El príncipe valiente. Esos libros están guardados en mi biblioteca, entre las guías de viaje. Y es casi una metáfora: yo siempre quise viajar, y mis primeros libros  de infancia están ahí.

Y después, como toda adolescente de esa época me fasciné con Cortázar y cometí todo el folklore de lector (risas) …tal vez un poco común diría yo.

Bueno, y después, cuando saliste del bachillerato, ¿a qué te querías dedicar?

No tenía mucha idea. Yo más bien me imaginaba una forma de vida, una que tenía que ver con viajar y con escribir, pero no sabía qué era lo que había que hacer para concretarla. La verdad es que fue una etapa un poco desorientada. Sabía que me tenía que ganar la vida porque siempre he sido una persona muy independiente. Y las profesoras de secundaria me decían: “Guerriero, usted tiene que seguir estudiando letras”. Pero a mí la sola idea me llenaba de terror, y sin embargo después estudié dos años de letras y me di cuenta de que mi terror estaba más o menos fundamentado. No porque la carrera esté mal sino porque en realidad te forma más como crítico. No existe en la Argentina el concepto del escritor que va a estudiar escritura creativa, como por ahí sí lo hay en Estados Unidos. Y por lo menos yo no me imaginaba cómo ganarme la vida de una forma digna escribiendo… ¡y que encima tuviera el vicio caro de viajar!

¿Y qué estudiaste?

Una carrera que no tenía nada que ver con la escritura, pero que por la cercanía de los viajes y la formación general y mundana que te daba –pensaba- me iba a acercar a esa forma de vida que quería: Licenciatura en Turismo. Nunca ejercí, pero la pasé muy bien. La carrera estaba bien armada en todas las cosas que no tenían que ver con el Turismo, porque a nadie le pueden enseñar a vender boletos durante cinco años. Pero todas las materias de la carrera que tenían que ver con folklore, arqueología, etnografía, antropología, geografía, historia del arte, eran estupendas, con profesores buenísimos. Creo que hasta el día de hoy usufructúo de los apuntes de esa carrera.

Y de pronto un día la ficción te llevó a los periódicos…

Sí, yo escribía cuentos y dejé un cuento en Página/12, con toda la idea de que lo publicaran en un suplemento que se llamaba Verano/12, pero el suplemento ya estaba cerrado y tenía todo el contenido hasta el mes de marzo. De todos modos el recepcionista del diario me sugirió que lo dejara a nombre de Jorge Lanata, el director de Página/12 en ese momento. Y lo dejé. Había terminado la facultad seis meses antes, no sabía que hacer y me devolví a Junín. Y un día apareció  mi padre con un diario y me dijo: “¿Vos estás firmando en Página/12?”, y yo: “No, de ninguna manera”. “Cómo que no, que no ves que aquí la contratapa del diario está con tu firma”, y yo “¡Qué!”. Y me lancé a llamar por teléfono a Página/12, porque además yo no había dejado ni mi teléfono. Hablé con Jorge Lanata y me dijo: “¿De dónde saliste vos? Hace mil años que leo todo lo que llega a este periódico y es la primera vez que publico algo de alguien que no sé quién es”. Seis meses después me ofreció un empleo en Página/30, que era la revista mensual de Página/12, y a partir de ahí nunca más escribí ficción y nunca más dejé de hacer periodismo.

¿Ni otra cosa distinta a periodismo? ¿A veces no te sale un poema o te da por escribir otra cosa?

No, ni siquiera un diario, mirá qué aburrida. No me dan ganas. Me parece que o tenés la vocación de escribir ficción o no la tenés. A veces me dicen “con este personaje sería lindo hacer una novela”, pero para qué escribir una novela si ya está ahí, lo maravilloso del tipo es que está en la calle Corrientes al 2200, que no me lo tengo que inventar. Es tan brutal, tan fuerte, tan raro que exista, que para qué iba a estar agregando yo.

¿Y qué ficción escribiste cuando la hacías?

La verdad es que nunca he vuelto a mirar todo eso, pero son cajas bastante grandes llenas de cosas, cuentos básicamente. Cuentos muy realistas, pequeñas historias. En una época, muy influenciada por la cosa más cortaziana, por este juego con el lenguaje, y después por un estilo más realista. A mí me gusta mucho un escritor argentino que se llama Adolfo Bioy Casares. Igual la ciencia ficción siempre se cuela un poquito en algunos de los relatos, pero la verdad es que no te puedo contar un cuento mío porque no me acuerdo.

¿Qué lees más ahora? ¿Poesía, novelas, cuentos, periodismo, no ficción?

Sobre todo novelas. No me gustan demasiado los relatos, pero sí tengo mis autores de cuentos favoritos Lydia Davies, Lorrie Moore, Amy Hempel, casi todas mujeres. O Richard Ford y Tobías Wolf, aunque me gustan más en sus novelas. Leo más ficción y dentro de la ficción leo más novelas, y leo también mucha poesía.

Poetas de cabecera…

No me gustaría hablar de poetas de cabecera porque sería demasiado pretencioso,  pero te puedo decir algunos poetas que me gustan: T.S. Eliot, Cavafis, Nicanor Parra, Idea Vilariño. La poesía de Cesare Pavese en alguna época me volaba la cabeza, ya no tanto, pero hay algunos poemas que me siguen pareciendo maravillosos: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos…”. Me gusta mucho Vallejo. Ya ves que no soy una lectora de poesía rebuscada ni de nombres raros. Y me gusta muchísmo toda la cosa quevediana, gongoriana, Sor Juana Inés de la Cruz. Toda esa poesía clásica, llena de recovecos barrocos y de sonetos dificilísimos de descifrar: me parece que hay un regodeo con el uso del lenguaje que es una joya irrepetible, y meterse en eso es como el equivalente a ser buzo y sumergirse en el Océano Índico y quedarse tres horas allá abajo.

¿Y memorizás poemas? ¿Te da por recitar de vez en cuando?

No, me sé algunos, pero me da mucha vergüenza. En mis talleres, a mis alumnos, les leo muchos. Hay un gran poema, por ejemplo, de Alejandro Zambra, un gran poeta chileno que es más conocido por sus novelas, que se llama Mudanza: ¡ese poema es catorce locomotoras! ¡Tene un ritmo, un sonido, una cadencia, y va contando una historia que es una cosa arrolladora! Cada vez que me encuentro con este poema me pasa como con algunas cosas que me hacen decir “me quiero sentar a escribir ya, lo que sea”.

¿Qué música no te cansás de oír?

Yo no soy muy musical. Y creo que se me terminó el complejo el otro día con una entrevista que le hicieron a Chico Buarque cuando le preguntaban qué música escuchaba y dijo: “Bueno, la verdad es que yo mucha música no escucho” (risa) con lo cual yo me lo puedo permitir. De hecho hay períodos largos de mi vida en que paso completamente sin música. Lo que pasa es que como corro, o todos los días o tres veces por semana, no puedo correr sin música. Pero corro escuchando una música ridícula: desde Buika hasta Pearl Jam cualquier cosa, en el medio puede caber Paco Ibáñez, Sabina, la banda sonora de la película El Piano. Pero eso no quiere decir que yo en mi casa me siente a escucharlos. Pearl Jam sí es una banda por la que mato, y cada vez que he podido he ido a verlos. Y me gusta mucho el punk. O puedo escuchar cosas de Moby o de Radiohead. Arcade Fire es una banda que me está gustando ahora, o los Magnetic Fields. Y me gusta mucho el rock argentino y el rock en español en general.

¿Una banda argentina que esté vigente?

En realidad la que más me gusta ahora es una banda uruguaya que se llama La vela puerca. Me parece más interesante que cualquiera de las bandas argentinas que hay ahora. Pero mi banda argentina de toda la vida era Los redonditos de ricota. Y me gustan mucho Los Divididos.

¿Existe algo así como “la película de tu vida”?

Es que son muchas, y de distintas etapas: se me ocurren las películas de Paul T. Anderson o Wes Anderson, películas como La vida acuática o Los fabulosos Tenembaums. Y hay una película que se llama La Secretaria, no recuerdo el director (Steven Shainberg) pero es de un grado de perversión cómica maravilloso. No sé si será la de mi vida pero es una gran película injustamente olvidada. Y hay catedrales: Fanny y Alexander (de Ingmar Bergman), o las películas de Fellini. Me interesa mucho una directora que se llama Jane Campion que es la directora de La lección de piano y de Un ángel en mi mesa.

Me gusta mucho Wong Kar Wai: 2046 o Con ánimo de amar. O algunas películas viejas de Zhang Yimou. La primera vez que vi París,Texas me quedé loca. Después Win Wenders perdió el rumbo y debe haber perdido hasta el pelo. Kubrick. Y hay un director que toda su obra es una toma de riesgo, película tras película: Werner Herzog. Yo veo una película de Herzog y encuentro un universo, eso es lo que yo busco y lo que en el último tiempo no encuentro mucho. Me ha pasado con algunas películas argentinas, las de Lucrecia Martel, por ejemplo La Ciénaga, La niña santa, que quedás inquieta por ver ese cine. Y a mí con Herzog me pasa eso, hasta con sus documentales, sobre todo si ves Aguirre o la ira de dios, Fitzcarraldo: son películas que te arrastran, un camión que te pasa por encima.

¿Un escritor clásico, o los primeros en los que pensás?

Si tengo que nombrar un clásico, te diría Flaubert, que lo he leído bien… Y quizás Nabokov.

¿Uno vivo?

En los primeros que pienso: John Irving, Richard Ford y Lorrie Moore.

¿Uno joven?

Alejandro Zambra.

¿Un artista plástico?

Guillermo Kuitca.

¿Tus historietas de antología?

La Balada del Mar Salado, o las historias de El Corto Maltés, de Hugo Pratt. Y cualquier adaptación de clásicos de José Luis Salinas, un dibujante un argentino.

A veces citás a Maus, el cómic de Art Spiegelman. ¿Qué te enseñó?

Muchísimas cosas. No me gusta la literatura ni el periodismo ñoño, sensiblero, autocomplaciente. Y me parece que Maus es una gran lección. Un tipo que escribe sobre sus padres con esa capacidad de observarlos desde afuera. Esa distancia con el objeto narrado es una de las cosas más interesantes que tiene. El padre de Spiegelman era un sobreviviente de un campo de concentración nazi, un señor judío, ¡y las cosas que dice de ese hombre! Primero lo dibuja como un ratón, y cuenta cómo lo ha lastimado: lo culpa del suicidio de su madre, de haberle dado una niñez miserable y de ser absolutamente tacaño. Es como un compendio del peor folklore judío, del lugar común del judaísmo. Y lo que lo habilita para decir todo eso es su relación con su padre, que es lo más verdadero que él tiene para contar. Es una historieta súper valiente.

Volvamos a tu país. Vos siempre comenzás tu reportería con una cita en la casa de tus personajes. ¿Cómo es la tuya?

Un departamento muy grande en un piso quinto, con un balcón grande adelante,  con muchos cactus y un jazmín de madagascar que con mucho orgullo, debo decir, da muchas flores. Mi estudio da a ese balcón. Es la parte de la casa donde paso la mayor parte del tiempo. Ahí tengo mi biblioteca, el escritorio, mis dos computadoras. No hay música, no hay televisión. Hay mucha conexión a Internet, por todos lados.

¿Qué tan cibernauta sos: Twitter, Facebook?

No, para nada. Tengo conexión a internet para navegar y para ver mi e-mail que es mi medio de  comunicación con los medios con los que trabajo. Pero no me interesa (Twitter y Facebook). El solo hecho de estar tan conectada al e-mail me ha desarrollado un estigma fuerte de que no puedo pasar más de determinado tiempo sin conectarme. Eso de algún modo empieza a vulnerar tu capacidad de concentración para leer, para escribir, y creo que no necesito que mi capacidad de concentración sea más vulnerada.

Cuando salís en Buenos Aires, ¿cuáles son tus lugares infaltables?

Me gusta mucho ir a cenar afuera y después ir a un bar. No me gustan los bares, como decimos, “caretas”. Hay un bar cerca de mi casa, por una calle por la que no pasa nunca nadie, al frente del Cementerio de La Chacarita. Es tremendo. Tremendo de todo lo que querás pensar con la palabra “tremendo”. Se llama El Rodney, un bar al que todo rockero que pasa por Buenos Aires va, sin saber a dónde va realmente. Es un antro de perdición, y a mí me encanta. Entre otras cosas porque yo soy una fumadora especial. Solo fumo si tengo una copa en un bar, y en Buenos Aires como en tantos otros lugares del mundo se han creído que fumar afecta tanto los pulmones que no te dejan hacerlo en ninguna parte. Yo si voy a un bar, me tomo un trago y no me fumo un cigarrillo, me siento mutilada. Y en El Rodney, por supuesto, podés fumar lo que querás. Yo fumo tabaco. Pero de verdad es un muy lindo lugar, y siempre hay alguna banda ridícula tocando. Ridícula porque no los conoce nadie. Y muchas veces son sorpresas muy gratas.

Y cuando pensás en un espacio público, un parque…

A mí el espacio público me gusta, pero no soy la tipa que se sienta contemplativamente abajo de un árbol a mirar los pajaritos. El espacio público que más me gusta es la playa, pero lamentablemente en Buenos Aires hay poca.

¿Nadás?

Cuando voy al mar nado. Me gusta mucho el agua. El medio en el que me siento más plena es el agua. Pero nadar en una piscina en la ciudad me parece una cosa tan ortopédica. Disfrazarse de pitufo, con una gorra, todo eso me hace sentirme una enferma hospitalizada.

¿Algún otro deporte?

Corro, y hago mucha gimnasia. Gimnasia de hacer sesenta abdominales y sesenta lagartijas, pero en mi casa. No me gusta el clima de los gimnasios. Me revuelve ir a hacer gimnasia con aire acondicionado y música a tope. La gimnasia y el correr me sirven también para escribir, para vaciarme de todo y focalizar lo que estoy haciendo. Lo hago en soledad, no me gusta tampoco correr con mi pareja ni con nadie, es una declaración de libertad también.

¿Sos atea, agnóstica, católica, budista?

Soy atea, nunca necesité de la idea de dios.

Del amor, ¿hablás bien?

Sí, yo he sido siempre una persona muy afortunada. Por supuesto he tenido penas, si no fuera una lechuga a la que no le pasa nada, pero la verdad es que siempre me he sentido muy afortunada en ese sentido. Y creo que no podría estar sin sentir algo intenso por una persona.

¿Serías mamá?

No, igual que con dios: nunca he necesitado de la idea de los hijos.

¿Querés decir algo sobre periodismo? Algo que nunca te hayan preguntado…

¡Que no me hayan preguntado! Creo que eso es un poco más complicado. La verdad es que creo que no, no, me parece que no.

Entrevista y textos: Juan Miguel Villegas.

Transcripción y asistencia: Eliana Castro Gaviria.